Buenos Aires en acuarelas: 5 días, un sketchbook y una ciudad que se deja retratar
09/04/2026
Por Angie Villé
@angieville
Hay ciudades que se recorren con los pies. Otras, con la cámara. Buenos Aires hay que recorrerla con un cuaderno en la mano.
En noviembre del año pasado aproveché un fin de semana largo para escaparme cinco días desde Mendoza. Fui con una amiga, armé una mochila y además de algo de ropa de media estación, metí dentro lo único que realmente era importante para mí: un sketchbook apaisado, unas microfibras Trabi, unos cuantos pinceles, lápices acuarelables y una latita circular de acuarelas Pebeo de doce colores. Lo demás se podía improvisar.

Soy artista visual, pero ese no es el motivo por el que viajo con cuadernos. Lo hago porque hace algunos años descubrí que cuando uno dibuja un lugar, lo entiende distinto. La cámara captura, sí, pero no obliga a mirar. El cuaderno, en cambio, exige detenerse, elegir qué se queda y qué se va, observar dos veces. Y Buenos Aires, sobre todo Buenos Aires, premia esa segunda mirada como pocas ciudades. El cuaderno, en cambio, exige detenerse, elegir qué se queda y qué se va, observar dos veces.
Esta forma de mirar no me vino de fábrica. La aprendí y la sigo puliendo gracias a las salidas grupales de Urban Sketchers Mendoza (USK Mendoza), una comunidad con la que redescubro mi propia ciudad cada mes. De hecho, gran parte de mi práctica actual nació ahí, participando también en eventos como el primer encuentro internacional de USK Argentina que se organizo en nuestra provincia en septiembre de 2025. Dibujar en grupo te enseña que, aunque todos miremos el mismo edificio, cada cuaderno cuenta una historia distinta.

Lo que sigue es una pequeña bitácora de esos cinco días en la ciudad que nunca duerme. No es una guía turística — para eso ya están los expertos. Es algo más parecido a una invitación: a animarse a recorrer la ciudad con otra velocidad, ya sea con un cuaderno propio o simplemente con los ojos un poco más abiertos.
- Antes de aterrizar
- San Telmo: la primera mañana
- Caminito y la milanesa más dibujable de la ciudad
- Una banda sinfónica, una orquesta de pinceles
- El Spiderman del Obelisco
- Domingo de palacios
- Lunes en el cementerio (y un palacio para terminar)
- Lo que el cuaderno se llevó (y lo que dejó)
- Tips para capturar la ciudad (sin morir en el intento)
Antes de aterrizar

Mi primer sketch del viaje lo hice antes de llegar. Desde la ventanilla del avión, mientras descendíamos sobre el Río de la Plata, abrí el cuaderno y dibujé el ala, las nubes y ese marrón inconfundible del río más ancho del mundo. No era un dibujo bonito ni resuelto. Era una manera de empezar a llegar antes de llegar, de avisarle a la ciudad que venía con el cuaderno listo.
Si alguna vez probás dibujar desde un avión, te recomiendo: ventanilla del lado izquierdo cuando se entra a Buenos Aires desde el oeste, hora del mediodía, y un lápiz que no necesite agua. Las turbulencias y los pinceles no se llevan bien.
San Telmo: la primera mañana

Nos quedamos en un departamento en San Telmo, sobre una calle empedrada con balcones de hierro oscuro y plantas asomándose entre las rejas. El primer dibujo que hice ya en tierra firme fue, simplemente, la fachada del edificio donde vivíamos esos días. Quería que esa imagen quedara registrada en algún lado más allá del teléfono. Que cuando dentro de unos años abriera ese cuaderno, pudiera volver al olor de la mañana y al sonido del primer mate.
San Telmo es uno de los barrios más generosos de Buenos Aires para un dibujante. Cada esquina pide ser dibujada. El Mercado de San Telmo, donde desayunamos el primer día en uno de esos cafés con mesas chiquitas entre puestos de antigüedades, es una clase magistral de luz: el sol entra filtrado por los techos altos de hierro y vidrio, y los colores parecen flotar suspendidos. Si vas de visita, llegá temprano, pedí un café cortado, sentate en una mesa de adentro y, antes de sacar el celular, mirá el techo, los carteles, la gente, durante un minuto entero. Después entendés todo.
Caminito y la milanesa más dibujable de la ciudad

Caminito siempre divide opiniones. Hay quienes lo aman y quienes dicen que es "para turistas". Yo me declaro abiertamente del primer bando, sobre todo si una entiende que ir a Caminito no es solo ir a sacarse fotos: es entrar a una paleta. Los azules y amarillos saturados de las casas de chapa son un regalo para cualquier acuarelista.
Pero el sketch que más cariño le tengo de ese día no es de las casas. Es de un plato. Entramos a almorzar al bar notable La Perla, uno de esos lugares donde el tiempo parece haberse olvidado de pasar, y pedí una milanesa con papas fritas. Mientras esperaba el pedido, dibujé el interior del bar — la barra de madera, los bancos, las botellas alineadas. Cuando llegó la mila, dibujé el plato. Y cuando llegó el flan de postre, también lo dibujé.
A veces creo que la mejor manera de conocer una ciudad es dibujar lo que se come en ella. Las milanesas de La Perla quedan, así, eternamente fritas y crocantes en una página de mi cuaderno. Probablemente esa sea la única forma seria de inmortalidad disponible para una milanesa.
VER: Confiterías antiguas de Buenos Aires: Los Bares Notables
Una banda sinfónica, una orquesta de pinceles

El sábado por la tarde fuimos a un concierto en la sede de la UBA. Tocaba la Banda Sinfónica del Conservatorio Astor Piazzolla: un programa que mezclaba clásicos con tangos. Llegamos temprano, conseguimos un buen lugar y, cuando empezó la música, abrí el cuaderno.
Dibujar en vivo a una banda completa mientras tocan es un ejercicio entre lo imposible y lo necesario. Los músicos se mueven, las luces cambian, las partituras se abren y se cierran, los arcos suben y bajan en olas. No hay tiempo para detalles: hay que capturar el ritmo. La línea tiene que tener música. El acuarelista que pinta un concierto termina sintiéndose, por unos minutos, parte de la orquesta.
Salí de ese concierto con un sketch lleno de manchas, líneas torcidas y notas al margen, y con la certeza absoluta de que esa fue una de las mejores horas del viaje.

El Spiderman del Obelisco
Ese mismo día pero por la noche fuimos a la Noche de las Librerías sobre la Avenida Corrientes. Si no conocés la propuesta, te explico: las librerías porteñas abren hasta tarde, hay lecturas, conciertos, ferias y la calle se llena de gente que va y viene con bolsas de libros. Es uno de los planes más hermosos que tiene Buenos Aires, y probablemente uno de los mejor guardados para los visitantes.
A la altura del Obelisco, mientras intentaba decidir qué dibujar entre tanta opción, vi algo que me detuvo: un Spiderman porteño, completamente disfrazado, parado sobre un buzón de la calle. Posaba para fotos, hacía morisquetas, saludaba con la mano enguantada. Atrás de él, el Obelisco. Adelante, una ciudad caminando con bolsas de libros.
Tuve que dibujarlo. No había forma de no hacerlo.

Ese sketch, el del Spiderman sobre el buzón con el Obelisco de fondo, es probablemente el más comentado de todo el cuaderno. Y tiene sentido: capta algo de Buenos Aires que no se puede explicar con palabras y que solo aparece cuando una está dispuesta a aceptar lo absurdo como parte del paisaje.
Ver: El Obelisco de Buenos Aires
Domingo de palacios
El domingo fuimos al Teatro Colón. Mientras esperábamos el horario de la visita guiada, nos sentamos en el parque que está enfrente y aproveché para dibujar. Saqué un sketch del Palacio de Justicia desde el césped, con las hojas de los plátanos como marco natural, y un boceto rápido del Monumento a Güemes. La fachada del Colón también pidió aparecer, así que le dediqué unas líneas ligeras.

Después, durante la visita al teatro, no toqué el cuaderno: hay momentos en los que solo hay que mirar. Pero terminamos esos sketches del parque más tarde, en un café frente al Puente de la Mujer en Puerto Madero, donde una se sienta, pide algo bien helado, y deja que la acuarela se seque al sol. Luego de haber visitado el Palacio Libertad, donde se exhibía el Salón Nacional de Artes Visuales, un Museo sobre el Palacio de Correos y una muestra interactiva.

Lunes en el cementerio (y un palacio para terminar)
El lunes era nuestro último día completo. Lo arrancamos en el Cementerio de la Recoleta, donde había quedado en encontrarme con Tania Chernikova (@tiana.che_art), una artista rusa que vive en Buenos Aires y a la que había conocido meses antes en el Encuentro Internacional de Urban Sketchers en Mendoza. La idea era simple: meternos al cementerio y pintar.

Lo que pasó después fue una de las experiencias más extrañas y hermosas del viaje. Mientras pintábamos, sentadas entre las tumbas de algunas de las personalidades más famosas de la historia argentina, los guías de los tours turísticos pasaban a nuestro lado y se detenían a relatar leyendas, anécdotas y sucesos. Escuchamos las mismas historias en español, en inglés, en francés, en alemán, en italiano. En un momento todo se volvió completamente silencioso, salvo por unos sonidos suaves: era una visita guiada en lengua de señas. El silencio dentro de las bóvedas tenía una textura distinta a la del silencio de afuera.
Y los visitantes, mientras escuchaban a sus guías, se daban vuelta y nos miraban con sorpresa. Dos mujeres concentradas en sus cuadernos, pintando un cementerio. No éramos parte del recorrido oficial, pero por unas horas nos sentimos parte de la atracción.

Pueden ver el video que me hizo Tania acá: video Pintando en el Cementerio de Recoleta
A la tarde, ya con los pies cansados, hicimos un tour por el Palacio Paz — uno de esos edificios que recuerdan que Buenos Aires alguna vez quiso ser París — y, al final del recorrido, me senté en el patio interior y dibujé una de sus esquinas con balcón. Fue el último sketch del viaje. La acuarela tardó en secarse: hacía calor y había humedad, y los colores se quedaron flotando un buen rato sobre el papel, como si tampoco quisieran irse.

Lo que el cuaderno se llevó (y lo que dejó)
Al final de los cinco días, el cuaderno volvió a Mendoza con quince sketches, manchas de café, una hoja arrugada por la lluvia que nos agarró saliendo de Caminito y con destino al taxi que nos llevaría al Palacio Barolo, y un montón de notas al margen que ahora me devuelven detalles que sin el cuaderno habría olvidado.
Esa es la trampa del urban sketching: una cree que va a llevarse dibujos, y termina llevándose memoria.

Si nunca probaste, no necesitás ser artista. Necesitás un cuaderno cualquiera, una microfibra que no se borre con agua, y permiso para sentarte un rato en una vereda sin sentir culpa. El resto lo pone la ciudad.
Buenos Aires, de eso, tiene de sobra.
Si estás por Buenos Aires, Mendoza o cualquier ciudad del mundo, te recomiendo sumarte a las salidas de Urban Sketchers. Es la mejor forma de perderle el miedo a la hoja en blanco, disfrutar del paisaje urbano de otra forma y plasmar el momento para preservarlo en tus bitácoras para siempre.
Lo maravilloso de Urban Sketchers (USK) es que es un movimiento global. Estés donde estés, siempre habrá un grupo esperándote con un cuaderno abierto. Somos una comunidad de corresponsales que narramos el mundo en tiempo real, un dibujo a la vez.
Si quieres ver más de mis cuadernos de viaje y procesos digitales, te espero en mi bitácora: https://angieville.com/urban-sketching
A continuación algunos consejos y tips para que te animes a empezar a llenar tu propio cuaderno de viaje:
Tips para capturar la ciudad (sin morir en el intento)
Dibujar en la calle es un acto de resistencia y observación. Después de estos 5 días en Buenos Aires, aquí te comparto mis imprescindibles para tu próxima salida:
- 1. El kit "mínimo viable": No necesitas todo el taller. Un cuaderno de buen gramaje (mínimo 200g si usas acuarela), un rotulador resistente al agua y un pincel de depósito son tus mejores aliados para moverte rápido entre el subte y la vereda.
- 2. La regla de los 10 minutos: En la ciudad todo se mueve. No intentes dibujarlo todo; captura la estructura general en 10 minutos. Si el sol cambia o el colectivo se va, ya tienes la esencia. El resto es memoria y corazón.
- 3. Encuentra tu "refugio": Si te intimida que la gente te mire, busca cafés con ventanales o bancos de plaza contra una pared. Dibujar "protegida" te da la calma necesaria para que el trazo fluya mejor.
- 4. Abraza el error: El Urban Sketching no busca la perfección arquitectónica, sino la vibración del momento. Si una línea salió torcida, es parte de la historia de ese día. ¡No uses goma de borrar!
- 5. La técnica del "Goteo de Color": No esperes a que todo esté seco. Deja que los colores de los edificios se fundan un poco entre sí; eso le da esa atmósfera onírica y viva que solo tienen las ciudades en movimiento.
¿Cuál es ese rincón de tu ciudad que siempre has querido dibujar pero todavía no te animas?
Angie Villé es una artista visual mendocina ganadora del Primer Premio del Salón Espíritu de Italia 2026.
Es profesora de grado universitario en Artes Plásticas y artista de Urban Sketching Mendoza.
En sus obras de sketching urbano explora el mundo a través de bitácoras donde la acuarela y la memoria se encuentran.
Su obra visual profesional (pinturas, fotografias, objetos 3d e instalacones) integran colecciones privadas en más de siete países en todo el mundo y ha sido exhibida en USA, Francia, México y Argentina, en el CCK de Buenos Aires (hoy Palacio Libertad) y en el MMAMM de Mendoza, entre otros importantes espacios culturales.
Sus acuarelas urbanas y bitácoras de viaje son parte de su práctica cotidiana, y se pueden seguir en @angieville en Instagram.

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